14 dic. 2011

Decime que me querés boludo (Contratapa)

Comentarios acerca de 'Contar con los dedos hasta el infinito', de Eugenia Rombolá
Por Melina Perlongher


Hay que tener mano para escribir. Y mucha mano para escribir bien. Pero si hablamos de escribir poesía, hay que tener algo más que mano. En las manos del poeta estalla la pasión. Y se necesitan dedos muy fuertes y muy hábiles para darle forma. Dedos como los de Eugenia Rombolá.

Pocos pueden hacer lo que ella en 'Contar con los dedos hasta el infinito', poética y literalmente: ha desarrollado una mano entrenada, precisa y justiciera, llena de dedos que le permiten desde contar hasta el infinito hasta apuntar entre los ojos de un tremendo paparulo y clavarle dieciséis poemazos, uno detrás del otro. Y luego, si le quedan fuerzas, llenarle la cara de dedos (que es lo que todos querríamos hacer al terminar de leer el libro).

No nos confundamos: el libro no habla de 'él', habla del dolor, la impotencia y frustración de que el otro no haga nada por retenernos. O peor aún, nunca nos haya registrado. A pesar de habernos tenido a su lado. Y hasta a sus pies.

Puedo hablar de la belleza conmovedora de cada verso, cada palabra adecuada y desgarradora. Pero hay algo que destella en el libro de Eugenia y es que no es una historia particular: es el retrato que nadie se atreve a hacer del problema de toda una generación para conectarse verdaderamente con los otros, entre sí o -al menos- con un otro. Y más precisamente, con un otro que me ame. Porque eso es lo que faltó: amor. Del básico, del simple, del concreto. Del que alimenta un buen libro de poesía.

Y aunque abunda el sexo, y este pareciera dar por obvia una cercanía -al menos física,- poema tras poema se nota que a más sexo hay, más distancia hay. Una distancia que parte desde lo parental, para ser entre la pareja, para ser habitacional, hasta que todo anclaje físico se pierde y entramos a recorrer el mundo del sueño y del deseo: del sueño como ilusión y del deseo de que vuelva el deseo. Pero no el sexual, sino el existencial: que me vuelvan las ganas de vivir, de ser. Y para eso, necesito ser reconocido en todo sentido: visto, deseado y valorado por un otro.

Hay versos de una dulzura tremenda, pegados a otros de una ironía degolladora; pero sobre todo hay una mujer a quien no se la valoró y quedó perdida en un mundo de pensamientos que intentan devolverle el sentido y el valor, todo los tipos de valor. Y sin embargo, ella tiene sus valores, que le sirven para aferrarse a la vida como raíces capaces de levantar las vereditas porteñas, dice la autora. Y he aquí la crítica: para lograr eso no hace falta ser muy profundo, sepámoslo, con mis disculpas a la autora.

¿Te pasó? ¿A una conocida? Bueno, te propongo tomar la mano de Eugenia y dejarle los dedos tatuados en la jeta al boludo/a de turno que no te valora. Y luego pegarte un sopapo vos, por ser tan boluda/o de estar con alguien así de boludo/a.
Ok, aportamos al arte grandes obras como esta cuando nos rompen el corazón; pero la poesía debería ayudarnos a ver por qué estamos con alguien así. Algo que puede ser tan simple como contar con los dedos hasta el infinito.

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